Tinta Pausa

Ensayo — 1 de septiembre de 2026

David Hume: "El más gordo entre los cerdos de Épicuro"

Hume cambió la mirada de la filosofía negando "la causa y el efecto"

Edimburgo
The royal society of Edinburgh

Nació en las tierras escocesas de Ninewlls, en la zona baja de algún paraje de Edimburgo. La muerte prematura de su padre, al igual que pasarse el día frente a la ventana en invierno consumiendo el caldo poco gustoso de las coles siendo muy niño, lo llevó a tener un carácter algo brumoso. No así en su escritura, de la que un día se dijo que era la mejor de entre todos los británicos vivos. Y eso, para alguien como David Hume, era quedarse corto, ya que sus palabras fueron el detonante necesario para poner en duda lo que hasta ese momento se había escrito en filosofía.

De joven, cuando aún vivía en una granja con su madre y un tío párroco, llegó a estar flaco. Pero pronto, debido a una enfermedad glandular, desarrolló cierta corpulencia de la que nunca se pudo librar. En realidad, había tenido continuos ataques de nervios mientras estudiaba para doctorarse como abogado. En ese tiempo, desarrolló la creencia de que unas cuantas ideas lo perseguían, como los insectos a la luz. Leía mucho, pero dormía poco. Siempre con las velas encendidas. Y estaba seguro de que esto haría mal en su salud. Puso entonces en práctica los consejos de un doctor y empezó a montar caballo, a la par que veía las colinas y casuchas amontonadas de aquel sitio rural de Ninewlls.

En algún punto de su recuperación, apareció alguien de la familia que le ofreció trabajar en la ciudad marítima de Bristol, mezclado entre los comerciantes y oficinista del puerto. Hume, como hombre de época, se entusiasmó ante la posible cercanía al mar. Olvidó cualquier conexión con el ejercicio de la abogacía y decidió aceptar la oferta. Al llegar a Londres se detuvo. Estaba en el punto intermedio a su destino y era previsible que, debido al trajín del viaje, se pusiera a buscar un cuartucho de hotel para descansar con la lámpara de mesa apagada. Pero como ya era costumbre en Hume, la lámpara estaba encendida. Esa vez dedicó toda la noche a escribir una larga carta en donde describía de manera algo torpe sus dolencias. La carta iba a ser enviada a una eminencia en el campo de la medicina de aquellos años de mil setecientos y tanto. Pero Hume nunca la envió. Por el contrario, la guardó y la empezó a cargar como una especie de amuleto ante cualquier posible ataque de nervios. Dejó de lado sus dudas y pensó seriamente en desarrollar un proyecto de pensamiento jamás visto hasta ahora.

Hume quería fama, no otra cosa.

Lo repetía una y otra vez: "Mi amor por la fama literaria, mi pasión directriz".

Como admiró a Descartes, no aguardó al mínimo chance que tuvo, tras regresar junto a su madre y con la muerte de su tío párroco, e hizo maletas y se mudó a vivir primero a Reims, y luego a La Flèche, sitio de estudio del afamado filósofo francés. Allí, con una módica renta, se fatigó en dar los últimos toques a unas cuantas ideas que le perseguían, como las polillas a la luz de las velas.

En apenas tres años, Hume consiguió terminar su Tratado de la Naturaleza Humana, algo único para un escritor que no tenía ni treinta años. Tiempo después le achacó a ese libro de ser "una extravagancia juvenil". Claro que lo decía más por el estilo que por otra cosa. Verdaderamente, éste encierra el mejor Hume en cuanto a pensamiento se trata. Y así también lo expresó Bertrand Russell, en su Historia de la Filosofía Occidental.

Basta con revisar eso que él llama impresiones e ideas para caer en cuenta hasta donde se puede reducir todo el pensar humano.

Pensar algo es, para Hume, la visión muy leve de una imagen en la cabeza. No se trata de una cosa permanente, más bien es comparable al aleteo poco profuso de una mariposa, que rompe a volar sin motivo alguno. Bajo esa lógica existen solo hechos que se repitan una y otra vez, pero sin conexión aparente. Todo se reduce a meras impresiones e ideas que creemos nos sorprenderán como algo entrañable o aburrido. "No tenemos noción de causa y efecto, sino la de ciertos objetos que han ocurrido siempre juntos".

Esto es la idea de un conocimiento donde la deducción es imposible. Un mundo en el que no existen novelas policiales, solo paradojas al mejor estilo de Chesterton.

“No tenemos noción de causa y efecto, sino la de ciertos objetos que han ocurrido siempre juntos”

La verdad es que Hume nunca fue reconocido por esa obra en vida, sino más bien por un largo libro de historia. Luego de publicar su Tratado, Hume se desempeñó en quizá lo único, aparte de escribir, que sabía hacer: dar clases. Su alumno era algo extraño. Un marqués que no le ofreció mal sueldo. Cualquiera hubiera aceptado el trabajo, si el marqués no hubiera estado loco. Tal era su condición que ni las clases con Hume pudieron hacer mucho. Pero a éste, con todo y todo, le vino muy bien esta época, ya que comenzó con otro proyecto: su Historia de Inglaterra.

Esta vez le llevó algo más de tres años para concluir el libro, porque el país vivía una rebelión. Renunció al trabajo del marqués y viajó por Europa siguiendo muy de cerca los acontecimientos. Corría el año de mil setecientos y tantos, Inglaterra y Francia se volvían a enfrentar. Hume anotó lo más que pudo y en 1752, cuando es nombrado archivero de la Biblioteca de los Abogados de Edimburgo, retomó su Historia de Inglaterra hasta poner el punto y final.

Para esa época, a juicio de muchos, Hume parecía un tonel que bebía demasiado y tropezaba al caminar casi todo el tiempo. Pero incluso esto no era impedimento para que los demás gustaran también de su ingenio en las fiestas y agasajos habituales. Empezó a asistir a comilonas que ofrecían en su nombre, en las que comprobó su buen humor en ambientes animados. Todo esto gracias a la reciente Historia de Inglaterra, apenas publicada y agotada.

Hume era por fin exitoso.

Pero por mucho que revolotearan alrededor de él, seguían faltando las mujeres. Hume no se mezcló mucho con alguna, aunque tuvo un episodio con una condesa. Había una diferencia de edad más o menos amplia, ella con treinta y ocho y él con cincuenta y dos. Pero quizá no fue eso lo que arruinó la relación, sino el factor temperamental. A pesar de todo, Hume continuaba con su carácter tímido y en muchos casos reservado. No había dejado de ser un hombre de campo.

Durante los últimos años de su vida, Hume disfrutó de una discreta fama en Edimburgo, lugar al que decidió retirarse. Tuvo contacto con personas como Rousseau, aunque a éste no le tomó gran cariño. El historiador británico Gibbon llegó a caricaturizarlo como "El más gordo entre los cerdos de Épicuro". Esto, desde luego, no era más que un halago de parte de otro hombre de gran peso que reconocía a Hume como uno de los más brillantes en largo tiempo. David Hume, la figura regordeta que se pierde en la bruma de Edimburgo.

Entre sus papeles póstumos se encontró cantidades de materiales para hacer nuevos Tratados. Pero ninguno se publicó. También se pudo dar con la carta que Hume cargaba siempre como amuleto. En un pasaje se puede leer:

"Creo que es un hecho cierto que la mayoría de los filósofos del pasado resultaron en última instancia derribados precisamente por la grandeza de su genio, y que para tener éxito en este estudio se requiere poco más que dejar de lado todos los prejuicios, tanto de la propia opinión como de la ajena".

Hume describió las ruinas y las casuchas que se construyeron antes y después a él. Al final, como señaló Borges, consiguió la casi perfecta disgregación. La bruma de todo pensamiento que se pierde sin más. Como el aleteo de una polilla cercana a la luz.