Tinta Pausa

Cuento — 1 de septiembre de 2026

La isla

Era como una pesadilla, me llegó a decir muchas veces en la playa

Isla
Relato corto

Tenía un cuchillo largo, cuyo filo era tan diferente a esos de cocina que alguna vez nos sirvieron tanto en nuestra mesa, que éste casi podía usarse para cualquier cosa en un sitio tan inesperado como una isla. De verdad que era un cuchillo muy bueno. Un producto de alta calidad. Jorge era capaz de afilar su hoja una y otra vez contra la misma piedra en la que después se ponía a cortar toda nuestra comida. Pescado, caracoles, ese tipo de cosas. Quien iba a poner lo restante debía ser yo. Mientras Jorge sacaba escamas y abría los caracoles con suma atención, mi tarea consistía en buscar un poco más de agua dulce. Había que cruzar un tramo no tan lejano de la isla para ello.

De aquel lugar había visto muy poco, por lo menos cuando estaba en el avión me hubiese gustado mirar por la ventanilla, pero en ese momento no hacía nada más sino gritar. La verdad tenía mucho miedo. Era real que un buen día me estaba yendo de vacaciones con mi esposo y ¡bum!, el avión cayó. Como en una de esas escenas que solo pasan en las películas. Yo me limitaba a llorar contra su pecho cada vez más fuerte, como si él pudiera hacer algo con eso. Porque, a diferencia de los demás pasajeros que murieron casi al instante tras el impacto, nosotros si quedamos vivos sin saber nada de nuestra pronta situación.

Enseguida Jorge rescató el cuchillo de entre los restos del avión. Desde luego, él no sabía nada de primeros auxilios, por lo que solo se limitó a ver a la gente gritar en llamas.

Era como una pesadilla, me llegó a decir muchas veces en la playa, a la par que sostenía varios caracoles en sus manos.

Pero luego por la noche se quedaba dormido como si nunca hubiera ocurrido nada.

Mi marido trabajaba en una tienda de aparatos electrónicos, o mejor sería decir que era el dueño. Por eso me sorprendió cuando lo vi haciendo tantas cosas con el cuchillo. Seguro había sido ese tipo de niños que van a cazar al monte junto a su padre o su abuelo, aunque eso nunca me lo dijo. Él era muy callado y nadie sabía mucho de su vida. Ni siquiera yo. Me había contado solo dos o tres cosas antes de casarse conmigo, así que me resultaba casi imposible saber que pasaba por su cabeza en más de una ocasión. Además de otras cosas, como cuando se quitó la ropa y me la metió por primera vez. Fue algo raro, algo muy asqueroso. Pero Jorge era mi marido, y yo le respetaba apesar de todo.

Y es que él sabía que no podía quedarse sentado en la arena ni nada parecido. Justo en el mismo momento que nos vimos mal antes de oscurecer, de repente se levantó y empezó a hacer la fogata. Sostuvo con la mano un tronco hueco hasta que ya había cortado con el cuchillo un montón de astillas. Luego se agachó y se puso a frotar y frotar muy rápido. En cuanto vio salir algo de humo, sopló par de veces más mientras arrojaba pequeñitas ramas hacia el sitio donde el fuego aún no terminaba de nacer. Se inclinó cada vez más y con el cuchillo hizo a un lado algunas astillas que parecían empezar a arder.

Cuando por fin aparecieron las primeras llamas, no me dijo nada. Solo se quedó allí con la mirada en el cuchillo, como si eso fuera lo único importante en toda la isla. Ni por un segundo se giró a verme. Ya era de noche, y se escuchaban las olas seguir una detrás de otra al dar contra la playa. Jorge clavó el cuchillo en la tierra y me dijo que lo mejor era ir a acostarse. Me tomó por el hombro y me tendió ahí. Al principio pensé que iba a hacer algo más, pero se limitó a dormir.

Roncó hasta muy por la mañana.

Un día después de eso encontramos la fuente de agua dulce. Era cristalina, como si resultara que hubiera diamantes allá abajo. Por supuesto, no los había; aunque si conseguimos muchos caracoles.

Jorge se llevó el cuchillo a la boca, lo mordió con fuerza y se echó a nadar. Salió con un montón de caracoles. También había unos pocos peces de colores.

“Se inclinó cada vez más y con el cuchillo hizo a un lado algunas astillas que parecían empezar a arder.”

Para qué queremos más comida, me dijo Jorge.

Tienes razón, le contesté, apesar de que tenía una mirada de asco frente a los caracoles que él había dejado en algún lugar del suelo.

Jorge estaba todo el tiempo con el cuchillo cerca y, ahora, hasta cinco o seis veces al día se encontraba a sí mismo limpiando la hoja de la cuchillla, como si con cualquier descuido fuera a perder su brillo. A él, por otra parte, le gustaba andar sucio, de modo que olía muy mal. Y también empezó a estar desnudo con mayor frecuencia.

Qué más da. Estamos en una isla y esto es mucho más agradable, me decía una y otra vez.

Se sacaba su cosa en forma de caracol que en contadas oportunidades yo había visto a la luz, porque muchas veces lo hacíamos con la lámpara de nuestro cuarto apagada. Subía y bajaba el cuerpo, escupía algo de saliva a la tierra y buscaba otro sitio con más sombra para echarse a dormir. Después de todo eso preparaba nuestra comida casi al caer la tarde. Todo lo demás lo hacía yo. Me ocupaba de enrollar las hojas de palma que teníamos para dormir, como hacíamos siempre al tender la cama. E incluso me daba por fregar casi cualquier rincón en el suelo, tan desagradable y poco cómodo. Había creído que se trataba de nuestro saloncito o del piso de la cocina.

Y muchas veces, allí sentada, conseguía verlo acostado en medio de la playa. La cosa esa en forma de caracol. También estaba el cuchillo, brillante contra el sol, y me entraba una especie de deseo por sacarlo de la tierra y sentir sus partes punzantes. Ni siquiera iba a doler. Al rato, Jorge despertaba y me preguntaba qué quería para hoy mientras quitaba las escamas del pescado y abría los caracoles.

Nada, solo agua, le respondí.

Pues será mejor que la vayas a buscar antes de que oscurezca, me dijo Jorge.

Había dejado de nuevo el cuchillo en la tierra, y de pronto recordé todas las cosas que había hecho con él. Me levanté y le dije que me deseara suerte para el camino.

No la necesitas, me dijo. De verdad que no la necesitas.

No hablé para nada y en vez de eso me fijé que el sol ya estaba por caer en esa playa solitaria. De un momento a otro se iban a escuchar de nuevo las olas chocar con mayor fuerza contra la arena, como unas palmadas de aliento en medio de un cuarto oscuro.