Tenía un cuchillo largo, cuyo filo era tan diferente a esos de cocina que alguna vez nos sirvieron tanto en nuestra mesa, que éste casi podía usarse para cualquier cosa en un sitio tan inesperado como una isla. De verdad que era un cuchillo muy bueno. Un producto de alta calidad. Jorge era capaz de afilar su hoja una y otra vez contra la misma piedra en la que después se ponía a cortar toda nuestra comida. Pescado, caracoles, ese tipo de cosas. Quien iba a poner lo restante debía ser yo. Mientras Jorge sacaba escamas y abría los caracoles con suma atención, mi tarea consistía en buscar un poco más de agua dulce. Había que cruzar un tramo no tan lejano de la isla para ello.
De aquel lugar había visto muy poco, por lo menos cuando estaba en el avión me hubiese gustado mirar por la ventanilla, pero en ese momento no hacía nada más sino gritar. La verdad tenía mucho miedo. Era real que un buen día me estaba yendo de vacaciones con mi esposo y ¡bum!, el avión cayó. Como en una de esas escenas que solo pasan en las películas. Yo me limitaba a llorar contra su pecho cada vez más fuerte, como si él pudiera hacer algo con eso. Porque, a diferencia de los demás pasajeros que murieron casi al instante tras el impacto, nosotros si quedamos vivos sin saber nada de nuestra pronta situación.
Enseguida Jorge rescató el cuchillo de entre los restos del avión. Desde luego, él no sabía nada de primeros auxilios, por lo que solo se limitó a ver a la gente gritar en llamas.
Era como una pesadilla, me llegó a decir muchas veces en la playa, a la par que sostenía varios caracoles en sus manos.
Pero luego por la noche se quedaba dormido como si nunca hubiera ocurrido nada.
Mi marido trabajaba en una tienda de aparatos electrónicos, o mejor sería decir que era el dueño. Por eso me sorprendió cuando lo vi haciendo tantas cosas con el cuchillo. Seguro había sido ese tipo de niños que van a cazar al monte junto a su padre o su abuelo, aunque eso nunca me lo dijo. Él era muy callado y nadie sabía mucho de su vida. Ni siquiera yo. Me había contado solo dos o tres cosas antes de casarse conmigo, así que me resultaba casi imposible saber que pasaba por su cabeza en más de una ocasión. Además de otras cosas, como cuando se quitó la ropa y me la metió por primera vez. Fue algo raro, algo muy asqueroso. Pero Jorge era mi marido, y yo le respetaba apesar de todo.
Y es que él sabía que no podía quedarse sentado en la arena ni nada parecido. Justo en el mismo momento que nos vimos mal antes de oscurecer, de repente se levantó y empezó a hacer la fogata. Sostuvo con la mano un tronco hueco hasta que ya había cortado con el cuchillo un montón de astillas. Luego se agachó y se puso a frotar y frotar muy rápido. En cuanto vio salir algo de humo, sopló par de veces más mientras arrojaba pequeñitas ramas hacia el sitio donde el fuego aún no terminaba de nacer. Se inclinó cada vez más y con el cuchillo hizo a un lado algunas astillas que parecían empezar a arder.
Cuando por fin aparecieron las primeras llamas, no me dijo nada. Solo se quedó allí con la mirada en el cuchillo, como si eso fuera lo único importante en toda la isla. Ni por un segundo se giró a verme. Ya era de noche, y se escuchaban las olas seguir una detrás de otra al dar contra la playa. Jorge clavó el cuchillo en la tierra y me dijo que lo mejor era ir a acostarse. Me tomó por el hombro y me tendió ahí. Al principio pensé que iba a hacer algo más, pero se limitó a dormir.
Roncó hasta muy por la mañana.
Un día después de eso encontramos la fuente de agua dulce. Era cristalina, como si resultara que hubiera diamantes allá abajo. Por supuesto, no los había; aunque si conseguimos muchos caracoles.
Jorge se llevó el cuchillo a la boca, lo mordió con fuerza y se echó a nadar. Salió con un montón de caracoles. También había unos pocos peces de colores.
