Tinta Pausa

Ensayo — 1 de septiembre de 2026

Notas del relato policial

El género policial siempre ha sido discutido por su técnica efectiva

pistas
Las pistas son claves en todo historia de crimen

Creo que fue un tal Edgar Allan Poe quien inició toda esa sensación del terror asociada al crimen. E incluso ejecutó una teoría que dejó a lo largo de sus muy bien conocidos cuentos.

Porque para Poe una muerte prematura e inesperada, pues no le generaba mucha gracia. Hay ya reglas establecidas sobre esto.

Para empezar hay un orden para este tipo de cosas, ya que por regla el asesino es casi siempre lo primero.

Chesterton, otro genial autor de ensayos sobre cuentos policiales, dijo una vez que una novela policíaca es casi la única novela en la que el protagonista puede convertirse en el villano de la historia o viceversa. Y si bien es cierto que eso no asegura del todo un giro inesperado, en última instancia sí ayuda a abstenerse de aplicar ciertas leyes hacia los culpables. Dicho sea de paso, gente del poder o dueños en un único sentido de sus acciones propias. Nada de dementes ni locos pasionales.

Otra regla es que en vez de otro montón de grandes detalles, la acción empieza por unas migajitas que siempre vemos junto al cadáver y en una estricta secuencia se viene a la cabeza quién dejó eso allí. ¿Fue un descuido o un despiste?

“Más bien es un exceso considerar que el crimen sea la cualidad más relevante de estos relatos.”

La sangre y las vísceras vienen luego. Son puestas como parte de las migajas que se llevan las hormigas, de modo que el lector ni pueda imaginarse cómo trepan por una pared y se pierden en un lugar oscuro y secreto: la habitación del asesino.

Más aún en el relato policial, el asesino sigue siendo una incógnita por varios trucos verbales. Más bien es un exceso considerar que el crimen sea la cualidad más relevante de estos relatos. Y esto es evidente en Crímenes de la Calle Morgue, donde Poe revela todo a través de una simple frase: "Dupin, este cabello no es humano", y de inmediato resuena en la cabeza lo bestial de ese asesinato.

Sin el uso de este detalle, la descripción que se nos hace al principio se perdería como una de las tantas que alguien más hubiese escrito por ahí. Pero Poe, por supuesto, no era cualquiera. Sabía que achacarle el crimen a un orangután no era suficiente sin haber creado esa especie de artificio verbal que eran cada una de sus historias.

A todas estas, el elogio de la descomposición de un cadáver no genera tampoco gran cosa. Hay demasiadas notas rojas que ya hacen eso. Lo que quita el aliento, en verdad, es ver algo vivo. Mirar al asesino cómo ordena sus pensamientos y esconde su existencia, a la espera de ejecutar sus ideas en un instante, sin vacilar ni siquiera un segundo.

Es muy simple matar a alguien. Al menos en literatura. Lo difícil es construir un plan para que el villano crea en su moral como el peso de un edificio. No solo son las hormigas, sino que todo va a volver hacia el homicida. Puede que en el camino se haya enterado uno que otro lector, pero paredes adentro se encuentra el verdadero nido de todo buen relato policial.